Wednesday , August 17 2022

El asesinato de Abe y la restricción de armas en Japón

El asesinato del ex primer ministro Shinzo Abe en Japón puede parecer una fisura en las célebres y estrictas leyes de armas del país.

Pero hay otro punto de vista: que el tiroteo es un recordatorio, e incluso puede enfatizar, el éxito de esas restricciones.

Los expertos que investigan las leyes de armas hacen hincapié en que incluso las medidas más estrictas no pueden eliminar totalmente la capacidad humana de la violencia. Más bien, las restricciones, si tienen éxito, pueden reducir la gravedad de esa violencia e imponer obstáculos que la hagan menos frecuente.

Los detalles del tiroteo en Japón parecen demostrar precisamente cómo.

Al parecer, el tirador utilizó un arma rudimentaria hecha a mano con cinta aislante y tubos metálicos. Este tipo de armas, conocidas como pistolas caseras o “hechizas”, pueden ensamblarse con materiales que se consiguen en la mayoría de las ferreterías, lo que las hace funcionalmente imposibles de rastrear o prevenir.

Si la capacidad del tirador para construir y utilizar un dispositivo de este tipo demuestra que las restricciones a las armas no pueden eliminar por completo la violencia de una sociedad, también demuestra que tales medidas tienden a hacer que esa violencia sea más inusual y menos mortal.

Contrasta este ataque con el reciente tiroteo masivo en Uvalde, Texas, donde el atacante utilizó un rifle de alta capacidad y de disparo rápido estilo AR-15 que le permitió asesinar a 19 niños y dos maestras. Otro tirador utilizó un rifle similar para matar con rapidez a 10 personas en una tienda de comestibles de Búfalo. La semana pasada, otro más masacró a siete en un desfile en Highland Park, Illinois.

Todos esos tiradores habían adquirido sus armas legalmente. Estos fueron solo algunos de los más de 300 tiroteos masivos que se han producido en Estados Unidos únicamente este año, según un recuento.

Pero en Japón esas armas son imposibles de comprar legalmente, y no mucho más fáciles de adquirir ilegalmente. Incluso las armas más sencillas, como las pistolas, están prohibidas en la práctica.

Las pocas armas que pueden adquirirse legalmente, en su mayoría rifles de caza, solo pueden comprarse tras un proceso de evaluación y capacitación tan oneroso que Japón tiene una de las tasas de propiedad de armas de fuego más bajas del mundo: un arma por cada 330 residentes.

Esta cifra incluye un cálculo de las armas de propiedad ilegal en Japón, que se cree que son escasas en parte porque las restricciones han eliminado prácticamente las armas de fuego privadas del país, lo que deja a los delincuentes con menos armas en el mercado negro para comprar. Incluso los famosos sindicatos del crimen organizado del país renuncian en gran medida a las armas.

En cambio, en Estados Unidos hay 1,2 armas por cada habitante, es decir, 400 veces más que en Japón.

Como resultado, un aspirante a atacante en Japón se ve obligado a recurrir a métodos inusuales y difíciles, como la construcción de un arma casera como la que aparentemente se utilizó para matar a Abe.

La construcción de un arma de este tipo requiere tiempo y pericia. El humo en el lugar del tiroteo sugiere que la munición, que también está estrictamente controlada en Japón, puede haber sido también de fabricación casera. La manipulación de lo que es efectivamente un explosivo casero introducido en un tubo de metal supondría también un riesgo personal para su fabricante.

Se trata de obstáculos considerables en comparación con la facilidad de entrar en una tienda de armas y comprar una que dispare de forma fiable muchos cartuchos y no detone en la mano del tirador. Esta puede ser una de las razones por las que los tiroteos son extremadamente raros en Japón. El país experimenta menos de 10 muertes por arma de fuego en todo el país en la mayoría de los años, en comparación con las decenas de miles en Estados Unidos.

Y un arma improvisada es mucho menos eficaz que un arma fabricada comercialmente, en cierto modo más parecida a una bomba casera o a un mosquete del siglo XVIII (pero sin el alcance) que a un arma moderna. A menudo solamente puede efectuar un disparo, quizá dos, antes de requerir un engorroso proceso de recarga. Y su alcance de precisión puede ser de unos pocos metros.

Como resultado, un tirador de estilo estadounidense puede, prácticamente en un impulso, armarse fácilmente con la potencia de fuego para matar a un gran número de personas antes de que la policía pueda responder, apuntando a las víctimas incluso a cientos de metros de distancia.

Pero un tirador japonés puede requerir largos periodos de peligrosa preparación para construir su arma. Después, tienen que acercarse sigilosamente a pocos metros de su víctima y disparar lo que puede ser su único tiro antes de quedar efectivamente indefenso para que un transeúnte lo someta.

Esto es lo que parece haber sucedido en Nara, la ciudad japonesa donde fue asesinado Abe.

Los escépticos de las restricciones a las armas suelen argumentar que otros factores deben explicar la baja tasa de violencia armada de Japón o su frecuencia en Estados Unidos.

Pero a pesar de todas las peculiaridades culturales y políticas de estas dos sociedades, ambas encajan perfectamente en una tendencia global consistente, que ha sido establecida repetidamente en investigaciones independientes. Los países con leyes de armas más estrictas tienen menos armas en circulación, legales o ilegales. Y cuantas menos armas hay en un país, menos asesinatos con armas, tiroteos masivos o asesinatos políticos experimenta.

Para subrayar esta relación, el puñado de países que han endurecido significativamente sus antes liberales leyes de armas, como el Reino Unido, Australia, Canadá, Nueva Zelanda y Noruega, han registrado una diminución sustancial en sus índices de violencia armada y tiroteos masivos.

Los activistas sostienen que el endurecimiento de las leyes sobre armas no solamente salva vidas, sino que permite a la sociedad en su conjunto vivir con mayor comodidad y seguridad, aunque el riesgo de violencia nunca pueda eliminarse por completo.

Las circunstancias que rodean el asesinato de Abe parecen poner de manifiesto la diferencia entre operar en una sociedad con violencia armada frecuente y una con prácticamente ninguna.

Abe viajó con poca seguridad. Como es habitual en los eventos de campaña japoneses, se mezcló libremente con los votantes, sin mantener casi ninguna distancia entre él y la multitud.

La facilidad con la que un pistolero solitario pudo llevar un dispositivo cubierto de cinta aislante hasta Abe, quien fue uno de los líderes más poderosos del mundo, puede llevar a algunos en Japón a replantearse esa laxidad.

Japón experimentó una importante violencia política durante el ascenso del fascismo en los primeros años del siglo XX, lo que demuestra que no es inmune. Pero desde el final de la Segunda Guerra Mundial, solo ha visto más o menos una decena de ataques políticos. En la mayoría de ellos se utilizaron cuchillos. Pocos fueron mortales.

Desde el punto de vista actual, ese largo historial de relativa seguridad podría parecer destrozado. Pero, aunque la importancia de Abe pueda hacer que el impacto de este asesinato perdure en la sociedad japonesa, la percepción de Japón como un país seguro se ha recuperado de ataques anteriores. Esto incluye el apuñalamiento mortal de un legislador en 2002 a manos de extremistas de extrema derecha o el asesinato a tiros de un alcalde en 2007 a manos de un grupo criminal. También incluye casos de violencia masiva, como un ataque con cuchillo en 2016 que mató a 19 personas y un ataque con gas sarín en 1995 por parte de una secta extremista que mató a 13 personas.

Para quienes no son japoneses, el asesinato puede parecer incongruente con las afirmaciones de que Japón ha tenido un éxito especial contra la violencia armada. Si sus medidas contra las armas de fuego han funcionado, ¿por qué se ha asesinado a un antiguo líder a plena luz del día?

A principios de la década de 2010, mientras los estadounidenses se adentraban en un amargo debate sobre el control de las armas a raíz del tiroteo masivo en la escuela primaria Sandy Hook, el mundo ofreció un momento similar de aparente contradicción.

China, que también tiene leyes estrictas sobre las armas, experimentó una serie de ataques aparentemente aleatorios con cuchillos contra escolares. Los ataques, que han continuado, cobran una decena de vidas cada año. ¿No era esto una prueba, se preguntaban algunos estadounidenses, de que las restricciones a las armas, al no haber podido detener los ataques en China, eran ineficaces contra este tipo de violencia?

Pero con una mayor perspectiva, el contraste entre China y Estados Unidos resulta aleccionador. Las restricciones a las armas en China apenas impidieron que los individuos recurrieran a la violencia indiscriminada. Pero en comparación con los tiroteos masivos de Estados Unidos, los ataques con cuchillos en China parecen ser, en promedio, una décima parte de mortales.

Y eso cuando se producen: los medios de comunicación internacionales registran quizá dos o tres incidentes de este tipo al año en China, en comparación con los cientos de tiroteos masivos en Estados Unidos. En este sentido, el número relativo de muertos es de casi 1000 a uno.

El asesinato de Abe puede ofrecer un contraste aún más marcado: fue impactante —y, de hecho, únicamente fue posible que el tirador lo llevara a cabo— precisamente porque incluso el miedo a la violencia armada es muy raro.

Es una excepción que puede sacudir a Japón en los próximos años, pero también es un recordatorio de los miles de asesinatos con armas de fuego que, en comparación con los índices estadounidenses, nunca se producen allí.

Max Fisher es reportero y columnista de temas internacionales con sede en Nueva York. Ha reportado sobre conflictos, diplomacia y cambio social desde cinco continentes. Es autor de The Interpreter, una columna que explora las ideas y el contexto detrás de los principales eventos mundiales de actualidad. @Max_FisherFacebook




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